Soñar con un nuevo mundo

La catedral de Amiens (1919), Yurii Annenkov.

Annenkov catedral-amiens

La catedral de Amiens,1919. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

ANNENKOV, Yurii 

La catedral de Amiens (1919)

Collage, madera, cartón y alambre sobre papel. 85 x 66,5 cm

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

Puedes descargar la fotografía de esta obra aquí.

La catedral de Amiens es un volumen con una oquedad de unos 200.000 metros cúbicos, contenido en un armazón de roca que fue construido en el siglo XII gracias al dinero profusamente aportado por tejedores y tintoreros de la próspera burguesía local, que encontró en el martirio de San Fermín -muerto por decapitación en la Galia romana acusado de proselitismo cristiano en el año 303- la excusa perfecta para asombrar al mundo con su poder terrenal y al mismo tiempo asegurarse la vida eterna en compañía de los ángeles.

Evrad de Fouilloy y Robert de Luzarches, eclesiásticos visionarios con una capacidad envidiable para construir edificios fabulosos, se reunieron varias veces en el año 1220 y finalmente acordaron construir una estructura maravillosa, que habría de pasar a la historia del mundo y asombrar a las generaciones futuras, para mayor gloria de Dios.

En casa del obispo, después de celebrar misas y elevar plegarias, decidieron donde se habría de comprar la enorme cantidad de terreno necesario para edificar su proyecto y para albergar a los canteros. Acordaron trasladar la muralla hacia el este, reubicar el hospital de San Juan Bautista, destruir el propio obispado, y acabar de demoler, de una vez por todas, los restos calcinados de la iglesia románica dedicada a San Fermín, desgraciadamente incendiada dos años atrás.

Concluyeron abrir una cimentación inaudita de nueve metros bajo tierra, y elevar corpulentos muros para una nave en forma de cruz latina de cuarenta y dos metros de altura; querían la más grande del orbe, o al menos de Francia, y que fuera bien vista desde el cielo.

De esta manera se materializó en sólida roca la autoridad indestructible de la Iglesia Católica en una forma imposible de superar, un trabajo irreprochable, como John Ruskin tuvo que exclamar seiscientos años más tarde.

John Ruskin, moralista, británico, estricto contemporáneo de la reina Victoria de Inglaterra, espiritual e influyente, admirador de cuerpos jóvenes y de rocas viejas, creyó ver en el arte gótico de la Alta Edad Media, la mejor expresión de la espiritualidad humana y de su significado trascendente. La moral civilizada y cristiana, europea, petrificada en roca tallada de forma ojival.

Ruskin pasó cientos de horas de su vida admirando fachadas y pórticos; transitando asombrado a través de naves y transeptos; maravillado por los equilibrios de arcadas, arbotantes, contrafuertes, pináculos, botareles y estribos; extasiado ante frisos, esculturas y gárgolas monstruosas; abstraído en la distinción obsesiva y precisa de arquivoltas, gabletes, tracerías, triforios y claristorios; considerando las presiones invisibles que atravesaban las nervaduras, los baquetones, los pilares y las columnas; deslumbrado ante vidrieras triunfantes de vivos colores y floridos rosetones de significado esotérico solo comprensible para los iniciados en el conocimiento secreto de la masonería. Ruskin debió sentir que le temblaban las piernas cuando entró en la catedral de Amiens y se vio empequeñecido bajo la ligereza de la crucería inmensa, las cubiertas, los arcos y la bóveda catedralicia. Stendhal no podría haberse quedado más aturdido.

Según Ruskin, Robert de Luzarches tuvo que pensar que la estructura planeada había que ser armónica, firme y consistente como la Iglesia de Cristo; libre de elementos orientalizantes y meridionales que la pudieran contaminar. Arte nuevo para nuevos tiempos, que dejó al pueblo impresionado por la obra construida.

Se levantaron muchas catedrales por toda Europa, erguidas como agujas apuntado al cielo, preparadas como naves para viajar a la eternidad. Sus constructores y patrocinadores estaban convencidos de vivir en una edad terminal y se preparaban para el segundo advenimiento.

¿Qué habrían pensado de saber que pasarían a la historia como habitantes de una Edad Media, percibida casi como un relleno lúgubre entre dos cumbres resplandecientes?

Trescientos años después, los hombres empezaron a ascender a la siguiente cima y Giorgio Vasari fue uno de los que trazaron el camino del progreso.

Sin duda a Vasari no le gustaba el ojival estilo del norte y por ello lo insultó llamándolo «gótico», para denigrar y menospreciar el rudo estilo de los bárbaros. Vasari miraba confundido las catedrales góticas y solo veía rigidez, sobrecarga e irracionalidad, algo indigno de Dios y de los hombres sabios.

Vasari era un hombre del renacimiento que amaba el clasicismo mediterráneo, tan luminoso y sencillo, y la obra del sensual y divino Miguel Ángel. Sin dejar de rezar al mismo Dios, se lo imaginaba de un modo completamente diferente, y su espiritualidad se había humanizado.

Con el paso de los siglos, las disputas arquitectónicas y teológicas se fueron sucediendo hasta que al final todo cambió irremediablemente. Cuando los excesos del materialismo, de la revolución industrial y del colonialismo incomodaban a las conciencias decimonónicas, el desairado gótico apareció como una conveniente tabla de salvación, ofreciendo elevación espiritual, raíces profundas y reafirmación cristiana.

Entonces resurgió un estilo neogótico, que dio forma a parlamentos, ayuntamientos, universidades e iglesias tanto en Europa como en algunas de las colonias. Esos vientos parece que no llegaron a Rusia donde lo bizantino siempre tuvo más popularidad.

Cuando Ruskin ya era un anciano, nació Yurii Annekov. Annekov era un aprendiz de revolucionario siberiano que no tardó en abandonar su vida en la recién fundada Unión Soviética por una vida más prometedora, cosmopolita y divertida en el París de las vanguardias.

Un día de 1919, Annekov puso una vieja postal encima de su mesa. La tarjeta estaba fechada en 1916 y representaba el pórtico de la catedral gótica de Amiens, que estaba apenas a 300 km del frente de guerra en Verdún, en donde ese año, más de un cuarto de millón de personas irían a morir.

Annekov no pudo ser consciente de que en ese año de 1919 ocurrieron acontecimientos decisivos para la historia del arte y de los pueblos. En 1919, en Italia, Benito Mussolini fundó el partido fascista, y también fue entonces cuando un convaleciente Adolfo Hitler, en Alemania, comenzaba a acalorarse interviniendo en mítines nacionalistas. Ni el arte gótico centroeuropeo, ni el renacentista meridional pudieron distraer a las bestias de sus obsesiones aniquiladoras y totalitarias.

Sin imaginar el inminente caos mortal en el que se iba a convertir Europa, ese mismo año de 1919, un optimista Walter Gropius fundaba una escuela de arte a la que llamó Bauhaus, en la que se proponía cambiar la forma en que todos habríamos de ver y utilizar los objetos cotidianos. Formas nuevas para un mundo nuevo.

Quizás el desconocido remitente de la postal de Annekov pensó que la imponente catedral gótica de Amiens podría ser destruida en los previsibles bombardeos y quiso conservar su bella imagen como recuerdo. La fotografía representaba una estética que, aunque sublime, se debía superar; la imagen reproducida era demasiado real y nostálgica.

Sin duda, Annekov pensó en el arte gótico, en el neogótico… y en qué tendría que venir después. ¿El postneogótico? No podía ser. Seguramente se agobió creyendo que ya había habido suficiente revival. El capitalismo y sus expresiones artísticas debían ser superadas definitivamente.

Además, según los soviets, sería necesario acabar con las catedrales, o al menos con su significado como materialización de la verdad. - ¡No más religión, no más símbolos de la religión! -, proclamaron. Quizás en alguna guerra o revolución liberadora serían finalmente eliminadas y el pueblo rescatado tendría que acostumbrarse a vivir sin su dosis de opio, parecieron soñar.

Annekov tomó la postal. ¿Qué pasaría si la catedral se inclinara levemente? Annekov colocó la imagen, dignamente enmarcada con su paspartú negro, en su espacio de trabajo. Inclinó un poco la imagen; aproximadamente cinco grados. Si un movimiento tectónico hiciera eso, sin duda el edificio se desmoronaría.

La estabilidad del gótico se basa en su verticalidad, y si el suelo se inclina, todo se derrumba; por eso Evrad de Fouilloy y Robert de Luzarches habían ordenado excavar una cimentación de nueve metros bajo tierra en Amiens.

Annekov no era un moralista victoriano del imperio británico; no le fascinaban los intrincados detalles arquitectónicos por hermosas que fueran las gárgolas y los arbotantes.

Él quería los espacios huecos, los volúmenes sólidos, las geometrías puras, euclidianas: la línea recta, el cuadrado, el rectángulo, los ángulos rectos, la verticalidad, y la inclinación, los colores sencillos. Sentía que había que dedicar los esfuerzos a construir una nueva estética bella en sí misma, simple, asequible y popular, pero no como las catedrales que involucraban al pueblo con el temor de Dios.

Annekov, lo mismo que Gropius, intuían un mundo con una estética diferente, lejos de la opresión de las jerarquías medievales, de los nazis, de los fascistas, de los soviéticos. Un nuevo mundo, sencillo, libre y hermoso, que había que descubrir y divulgar.


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