La Asunción

“¡Por mi patria, por mi ley y por mi rey, he de perder la vida, y, así, el que tuviere más fuerza vencerá!"

Respuesta de Diego Bueno a Charles Windhan

Primero fue una pequeña ermita construida en la que, a priori, parecía una distancia prudente de la línea de costa, pero que con el paso del tiempo resultó ser una pésima elección. Desgraciadamente resultó que la rambla seca se inundaba periódicamente con el agua de los barrancos y que, cuando los extranjeros atacaban el puerto, los cañonazos la alcanzaban o los saqueadores la podían demoler; como así fue.

Aquí en las islas, como antes en la península, la cristianización era una parte más de la conquista y su justificación ante Dios. Había que erradicar las ofensivas y paganas tradiciones y traer la verdadera fe y la nueva civilización, y para ello se decidió superponer el nuevo templo a un previo asentamiento aborigen. Seguramente Hernán Peraza El Viejo lo decidió en una fecha todavía incierta del siglo XV.

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Simple como todas las ermitas, pero útil en sus beatos propósitos, la ermita de la Asunción sirvió como avanzadilla cristiana en la isla, y así quedó durante años; como la parroquia única desde la que rezaban los arrogantes castellanos que iban a evangelizar a los isleños aborígenes y a imponer la supremacía de occidente y su enérgico imperio. Desde luego que lo consiguieron.

El 6 de septiembre de 1492 Cristóbal Colón cometió la insensatez de navegar hacia el oeste, orientado por su instinto y por los razonamientos de Eratóstenes. Para ello navegó hasta La Gomera y desde ella partió rumbo a mares entonces desconocidos. Parece verosímil la tradición que otorga a esta iglesia la distinción de ser el último lugar de occidente en el que Cristóbal Colón oró antes de levar anclas. Bien distinta la vería, y seguramente en obras, ya que las labores de reforma de la ermita empezaron en 1490 y acabaron hacia 1520.

La Gomera había pasado de ser un finisterre en el extremo de los mapas a ser un lugar idóneo para transitar entre dos mundos; uno viejo y traumatizado, y otro nuevo y prístino para los ojos de los europeos ambiciosos.

Por ello el almirante Cristóbal Colón volvió de nuevo, en 1493 y en 1498, ya como descubridor reconocido, ya cargado de leyenda, ya inscrito en la historia del mundo, pero con menos oro del que había deseado.

En los siglos posteriores, Castilla llenó el Caribe y las Américas de catedrales, fortalezas, universidades e iglesias. Mientras tanto, la de La Asunción de San Sebastián de La Gomera seguía siendo ermita chiquita y su futuro era incierto.

La isla, aunque de limitadas posibilidades, era codiciada por el Reino de Inglaterra y por los piratas argelinos de la época —lo que, a veces, era un poco la misma cosa—, y la ermita sufrió repetidos desperfectos que los gomeros no siempre estaban en condiciones de reparar.

En 1571, la población sufrió el ataque de los piratas y la ermita fue agredida casi hasta su demolición, así que, durante décadas, los isleños la tuvieron que ver como una ruina lamentable que no servía ni para rezar dentro de ella, porque hasta 1627 no se reconstruyeron las capillas, y hasta 1638 no se pavimentó como era debido.

A pesar de los esfuerzos por darle a la isla una iglesia digna, durante el siglo XVII la ermita no acababa de presentar un aspecto digno. Lo que ya no destruían los piratas lo rompieron después las aguas de arroyada que anegaron todo varias veces desde 1659. De nuevo había que rehacer los trabajos y reponer las maderas podridas.

La Gomera fue durante mucho tiempo el último puerto del viejo mundo para los navegantes que iban a América y el primero que veían cuando volvían. Quizás por ello se hizo necesario contar con una iglesia en la que encomendarse antes de las travesías y dar gracias al volver.

Así que, finalmente, ya en el siglo XVIII, las obras de reconstrucción y ampliación se dieron por concluidas y el conjunto quedó, como era de esperar, como un palimpsesto de estilos arquitectónicos: mudéjar, gótico tardío al modo manuelino y barroco.

En aquella época antigua la iglesia se utilizó también como cementerio y allí se encuentran las tumbas de personas ilustres, personas corrientes y miembros de la aristocracia local. Allí, por ejemplo, están enterrados los condes de la isla de La Gomera.

Sobre esa base arquitectónica ya consolidada, hubo que añadir los inevitables complementos y modificaciones que trajo la modernidad en la era de la electrificación y de los nuevos materiales.

No todo fueron añadidos. También sabemos que hubo pérdidas irreparables consecuencia de la negligencia, la codicia, el espolio, o la estupidez. La sillería del coro del siglo XVII, por ejemplo, ardió como combustible en las calderas de algún barco, y los tubos del órgano desaparecieron para siempre.

Esto es lo que vemos ahora en el siglo XXI después de la restauración de 1979; una iglesia de tres naves. Gótica y más antigua la central, que no muestra retablo en el altar, sino un Cristo crucificado bajo un enorme dosel de terciopelo púrpura; y dos naves laterales encabezadas por los retablos del Pilar y del Rosario y adornadas por otras obras de menor tamaño.

El citado estilo manuelino, llamado así por Manuel I de Portugal, no se denominó de esta manera hasta 1857. Así que, en el siglo XVI, no se confió a los canteros una reforma “manuelina” sino que simplemente se contrató a un grupo de portugueses a los que se les encargó para la obra una fachada que tuviera un aire moderno, que no fuera ni mudéjar —es decir, musulmana y por tanto sospechosa de herejía—, ni de inspiración romana o germánica.

El resultado que vemos hoy es una fachada encalada en blanco sobre la que se incrustan dos tipos de roca, una gris y otra roja, para las tres puertas que tiene.

Las puertas de las naves laterales están enmarcadas en roca gris con talla renacentista, con falsas pilastras y un frontón trilobulado sobre un arco de medio punto en el que su piedra angular muestra una estrella de seis puntas; símbolo de David o estrella polar que guía a los navegantes.

Para el pórtico principal se eligió toba volcánica roja. A los lados de la puerta se pusieron columnas salomónicas y sobre el vano dos arcos sogueados, es decir, hechos con roca labrada para que parezca una soga o maroma de barco. El arco superior se construyó más apuntado, y el inferior con un aspecto trilobulado más aplanado.

Los frontones laterales presentan óculos, y el del pórtico central una pequeña escultura de La Asunción, Virgen titular de la iglesia.

Sobre el pórtico principal se construyó un doble campanario y un tercer óculo sin ornamentar que no llega a rosetón.

En el interior, bajo el artesonado de madera con diseño mudéjar, se ha ido acumulando una pequeña colección de obras de arte de variada calidad que nos hablan de la historia de la isla y que nos traen recuerdos del arte colonial.

Las columnas de toba local, robustas y rojizas, tienen capiteles sencillos adornados a la manera manuelina, es decir, con detalles náuticos como la soga de roca que los rodea.

Al deambular por las naves, llama poderosamente la atención un fresco de notables dimensiones de temática náutica obra del gomero José Mesa. La iglesia nos recuerda que, entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1743, varias naves de Gran Bretaña atacaron el puerto de San Sebastián de La Gomera. La batalla fue desigual; se habla de tres navíos con un total de 154 cañones británicos contra 15 piezas de artillería españolas. Después de bombardear sin tregua a la población, los isleños todavía alardeaban de coraje y, sacando fuerzas de flaqueza, exhibieron ante los británicos tantas ganas de lucha y fueron tan convincentes que desanimaron a los atacantes. En un momento dado, el capitán inglés Charles Windhan perdió el interés por la conquista y ordenó dar media vuelta, marchándose a Inglaterra para evitar un combate cuerpo a cuerpo en tierra firme que no estaba seguro de ganar.

Contra todo pronóstico, los británicos fueron humillados por las milicias gomeras que resistieron, se enfrentaron, y no se dejaron someter, lo que fue ampliamente difundido por el continente para vergüenza del orgullo británico.

Se atribuye a don Diego Bueno, comandante de la Isla en el crítico momento, la escueta frase con la que se respondió a las demandas del atacante inglés Charles Windhan: “¡Por mi patria, por mi ley y por mi rey, he de perder la vida, y, así, el que tuviere más fuerza vencerá!".

Pero parece que, en este caso, no venció el que objetivamente contaba con más fuerza artillera, sino el que había mostrado más ingenio, coraje y disposición.

Quizá fuera el valor de los gomeros y sus fanfarronerías, o la táctica de su jefe, o los errores del militar inglés, o la divina providencia con intervención de la Virgen del Pilar, a la que varias décadas después se le iban a atribuir intervenciones similares durante los sitios de Zaragoza, lo que determinara la victoria española.

“Hora mala perros malditos jocicos de diablo revienta perros malditos por toda la eternidad de Dios. Amén” (sic)

Escrito por el pintor José Mesa en el fresco que relata el intento de conquista de La Gomera por los británicos.

Sea como fuere, los isleños sobrevivientes, sorprendidos y agradecidos, quisieron dedicar una capilla a la Virgen del Pilar en el lado del evangelio de la iglesia, es decir, en la parte izquierda mirando hacia el altar mayor. Para mayor clarificación y recuerdo de las generaciones futuras, se representó la batalla y asedio del puerto en un fresco lateral, con el detalle de los tres buques británicos a pleno velamen y sus rojas banderas. El intento de invasión había fracasado y La Gomera seguiría siendo española y católica por varios siglos más.

Alzando la vista, podremos ver a Don Diego Bueno que aparece como donante en un lienzo del retablo mostrando eterno agradecimiento por la intercesión mariana. Este retablo de la Virgen del Pilar tiene en su frontispicio una referencia a los llamados “Corporales de Daroca”, en clara referencia a la ayuda divina a favor de los católicos españoles en su lucha contra los infieles.

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El altar mayor es barroco pero, sorprendentemente, sin retablo. Tiene, en cambio, un gran tabernáculo y una talla, ambos obra de José Luján Pérez (Gran Canaria, 1756 - ibidem, 1815) que representa a Cristo crucificado. Al pie de la cruz, un pelícano dorado se sangra el pecho como representación simbólica de la resurrección.

Los nichos laterales tienen sendas tallas; una de Fernando Estévez de Salas (Tenerife, 1788-1854) representando a San Pedro (c.1820) y a un ángel que porta una cruz de tres brazos. La otra, más antigua (1786), de Pedro Duque Cornejo (Sevilla, 1678-1757) representa La Asunción con una doble aureola dorada; la habitual de doce estrellas y otra radiante de cuerpo entero.

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En su momento álgido, la iglesia acumuló obras de arte, cruces de madera, orfebrería, candelabros de bronce y lienzos de las familias pudientes de la isla, que se fueron poniendo en los laterales de las naves. La iglesia custodia una imagen de la Virgen de las Nieves proveniente de Flandes y una Santa Teresa de Jesús de origen cubano.

El segundo retablo importante está situado en el lado de la epístola, es decir, en la parte derecha de la iglesia mirando hacia el altar. A este se le llamó retablo del Rosario (c.1750) y se trajo en 1821 del convento franciscano de los Reyes de San Sebastián de La Gomera cuando este convento se clausuró definitivamente.

También en la nave derecha está el retablo de la familia Echevarría (1769), con escudo de armas incluido, que hacia 1950 fue modificado según criterios que hoy serían considerados discutibles. En un vano central hay una pequeña imagen de terracota de San Miguel Arcángel (1770). Además, muestra lienzos que representan a la Trinidad, a San Francisco Javier y a la Virgen de la Soledad.

Cerca de la entrada de la iglesia, hay una llamativa talla de la Escuela Sevillana que representa a Cristo yacente y que tiene los brazos abatibles. Se trata de la imagen usada para la procesión de Viernes Santo.

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Visita a la Iglesia Matriz de la Asunción (San Sebastián de La Gomera)

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